La Gran Ola (Relato)

Imagen: ollografik


I

Me desperté como cada noche, alarmada y sudorosa. Decidí hacer caso a Sandra y tomar nota de lo que había pasado. A las 5:03 de la madrugada podía leerse en mi portátil:

“La Gran Ola puede verse desde la ventana de mi habitación, en un vigésimo piso de la calle de los Leñadores, en el municipio de Ninguna Parte.
Avanza distendida, con una parsimonia digna de ser admirada. No tiene prisa, no, camina segura de su victoria.

La Gran Ola nació un treinta de febrero en los corazones de los alquimistas, fruto de su necesidad de hacer algo grande… y vaya si lo consiguieron. Diecinueve días más tarde ahí viene. Y ya ha arrasado más de medio mundo conocido.

Mientras que la espuma va cayendo sobre los tejados del mundo, observo inmóvil, cómo su frescor va alimentando la tierra, que tan seca y devastada había dejado la humanidad.

Ya sólo queda un suspiro. “Nos tragará, nos tragará a todos”, grita una señora que corre con sus dos hijos siameses por la calle. Permanezco quieta, no quiero perderme la cautivadora imagen. Sé que quedan pocos segundos para despertar, para que me levante de la cama y venga aquí a escribir la historia de la Gran Ola que nos tragó a todos.”

Sandra me mira satisfecha, llevaba semanas esperando para poder hacer su análisis del puñetero sueño que me acecha cada noche. Lo cierto es que no se lo habría contando de no ser porque sé que le echo un cable con su tesis.

- La Gran Ola es el símbolo de lo esperado. Es el terror materializado y la promesa para los vencidos… - dice Sandra antes de dar un nuevo sorbo a su taza de café.

Diría que está incluso excitada ante las posibilidades que se abren delante de ella y prosigue:

- Como escribió Lao-Tse, “el agua no se para ni de día ni de noche. Si circula por la altura origina la lluvia y el rocío. Si circula por lo bajo, forma los torrentes y los ríos. El agua sobresale en hacer el Bien. Si se le opone un dique se detiene. Si se le abre un camino, discurre por él. He aquí por qué se dice que no lucha. Y sin embargo, nada le iguala en romper lo fuerte y lo duro.” Tómate esto – me extiende un blister monodosis – así no te despertarás antes de terminar el sueño.

Le explico que no tengo intención de tomar nada pero ella me recuerda que un trato es un trato y que yo ya le he dado consentimiento para hacer las pruebas oportunas.

Llego a casa alrededor de las 22:00. Eduardo sigue sin cogerme el teléfono y en la tele no hay nada que me mantenga despierta, así que tomo el blister. No hay manera de abrirlo. Cojo unas tijeras de cocina. Lo corto. Me tomo la pastilla y me voy a la cama antes de que transcurra media hora.
Esta noche se repite el sueño con un giro inesperado. La Gran Ola muere antes de cumplir su cometido, antes de llegar a tocar mi ventana en el vigésimo piso del edificio de la calle de los Leñadores en el municipio de Ninguna Parte.
Como si nunca hubiera existido… o, más sinceramente, como si nunca hubiera llegado a tocarme a mí.
Esta vez decido bajar a la calle, donde todo ha quedado en estado de letargo. No hay nada, absolutamente nada. La gente ha quedado inmóvil, como estatuas de hielo. Los siameses siguen teniendo esa expresión de inocencia en sus ojos, pero no pueden verme. Silencio, se escucha el silencio.
Una ligera brisa comienza a subir desde los pies hasta las rodillas y un silbido a lo lejos amenaza la Restauración de la Tormenta que dio inicio a todo.
Los animales se excitan cuando hay tormenta. Mi perra no, ella siempre se escondía debajo de la cama y yo siempre corría a abrazarla y protegerla de algún modo. Echo de menos a la criatura, sus ojos negros tan expresivos, sus carantoñas y sus buenas noches. Me conmueve sólo recordar su carita.
Se acerca y ahora no puedo jurar que sienta la misma tranquilidad que hace unos minutos, cuando el agua iba a inundar el mundo. Vuelvo a mi ventana, en el vigésimo piso, subiendo escaleras en una desesperada carrera por ver lo que se avecina a través del cristal.
La Gran Ola rompe en un estallido brutal.
Agarro el trozo de mantita roja que se escapaba entre mis dedos…


II

El móvil de Eduardo recibe un mensaje de texto a las 23:12.
“Ya he resuelto el problema. Ahora no hay nada qué pensar ni decidir, sólo te quedo yo. Besos. Sandra.”

 

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